Entrar en casa a
trompicones e ir esparciendo nuestra ropa. Dejándola caer bajo nuestros pies a
medida que nos movemos. Al unísono. Como un todo.
Besarnos detrás
de la puerta sin soltar aun las llaves. Acabar empotrados contra la pared del pasillo.
Hacer una visita al sofá y acabar enredados en la alfombra.
Tiempo muerto.
Deslizarnos hasta
la cama. Perder la conciencia del espacio y del tiempo, disfrutando de cada
rincón tu cuerpo, de cada segundo en tu interior.
Una angustia. Un
intento de calmar los nervios. Unas ganas irrefrenables de llorar. Una cabeza
fría. Una búsqueda de opciones. Una manera para no hacer daño. Un desastre que
se avecina.
Un millón de
explicaciones. Un segundo para respirar. Un problema que afrontar. Un fin con
razones. Una necesidad imperiosa de saltar. Un camino que deja de entrelazarse.
Un fallo en la dirección del viaje. Una nueva vida tras un punto y aparte.
Ahora toca
empezar capítulo nuevo. Sacar lo mejor que llevo dentro. Encontrar la razón
para seguir viviendo. Luchar con el corazón en la mano y a pecho descubierto.
"En un mundo sin excepciones las reglas no valdrían
nada"
Cálidas miradas
que se entrecruzan como tibias lagunas negras bañadas por la luna. En un
intento por romper el delirio, nos lanzamos al vacío de los sueños rotos y
caímos sobre una alfombra de flores. Sin más dolor que aquel que deja el
pasado, que alivia el presente y que sana el futuro.
Todo es limpio,
todo es puro. Un instante en el que nuestras almas se encuentran para fundirse.
Bella incandescencia. El calor en el pecho que me llena y me recorre. El mismo
que nos juega malas pasadas, el que conseguía trabarnos la lengua o soltarla a
placer.
Una mariposa que
se aburría de volar sola se metió en nuestro estómago para conseguir que nos
riéramos de cosas sin sentido, para tener vergüenza de mirarnos fijamente, para
hablar entre dientes lo que deseábamos gritar a los cuatro vientos. Para
después obligarnos a sonreírle al mundo, a silbar por la calle, a escribir, y
borrar al momento siguiente.
"Hay razones que
quitan el sueño, y sueños que quitan la
razón"
—¿Una aventura?
Anda ya, que va. ¿Por qué habría de tenerla?
—Vamos a ver me
estás diciendo que estás hasta los cojones de tu mujer… pues, ¿no sé a qué
esperas? —. Y señaló con la mirada a la joven secretaria que había entrado
nueva a trabajar hacía unos meses.
Francisco se dio
cuenta de a lo que se refería su compañero.
—Hombre, la
verdad es que está muy buena, pero no sé si…
—No te andes con
gilipolleces y tirátela —le interrumpió su colega —, lo estás deseando.
Al día siguiente,
ya al final de la jornada, no quedaba nadie en la oficina más que ellos dos. La
ocasión se presentó sin llamarla. Rocío, así se llamaba ella, se apoyó
sensualmente en el quicio de la puerta:
—¿Necesita algo más, don Francisco?
Él dudó por unos instantes en los que su miradas se aguantaban la una a
la otra ardientes, pero aún guardando las formas.
—Sí, pasa y cierra la puerta.
Ella obedece mientras él se levanta de la silla, se acerca y comienza a
rozarla. La toma por la cintura, se acercan. Su sexos se aproximan a través de
sus ropas. Y comienza a besarla, a comérsela como fruta recién madura. Ella
ofrece una mínima resistencia y acto seguido se deja hacer.
Francisco continúa besándola y recorriéndola, y con suavidad y furia la
echa sobre el sofá de tela azulada del despacho. Tan solo la tenue luz de la lámpara
del escritorio es testigo del acto.
Rocío sabe que está casado, pero le da igual, sabe que será su seguro de
vida, su moneda de cambio.
"Barras de labios y
otras formas de reconocer cuando uno ha cruzado la linde"
Volver a estudiarlo una y otra vez. Verter
lágrimas de polvo y estrellas pensando en qué estuvo mal, en qué estuvo bien.
Albergar aún una gota de esperanza en lo
más hondo del corazón. Llorar porque esa gota se escapa como agua entre los
dedos.
Esperar sin saber bien qué se espera.
De nuevo la
soledad, el frío. Reconstruir pedacito a pedacito el desecho orgullo. Sientes
odio de que jugase contigo, de que te utilizara, de que te probase. Quisieras
encontrártelo por la calle y gritarle, escupirle a la cara todas las ilusiones
que te hiciste por su culpa; gracias a él.
Se entretuvo,
pues le serviste como sopa de letras. Conversaciones llenas de palabras,
algunas sin sentido. Diagonales que jamás llegarían a tocarse y se perdieron en
el infinito.
Dolor en el pecho
que se concentra hacia la izquierda, justo en el corazón. El fantasma de “lo
que pudo haber sido, y no fue” te aprieta con fuerza el órgano vital que aún le
pertenece para exprimirlo, dejándolo sin vida.
"Aún ando perdida entre las bambalinas de nuestra función"
La mirada extraviada,
cansada. Cuando me senté, sus ojos se posaron en mí un instante. No vi nada en
ellos, estaban vacíos. Negros. Profundos como dos abismos. Volvió a bajar
la vista y se perdió en su mundo. Parecía preocupada, angustiada, confundida.
Seguía con la vista fija en ella, pero no veía nada. No conseguía descifrar sus
sentimientos. Me distrajo
un chico en chándal con el pelo de punta, y un hombre de edad avanzada con
traje y zapatos elegantes que se sentó casi enfrente de mí, al lado de la
chica. Ella, como
siempre que le afectaban los cambios que se producían en el vagón, se revolvió
ligeramente en su asiento y miro de reojo al nuevo viajero. No parecía molesta,
más bien por la mirada tierna que le dedicó, daba la impresión de que le
hubiese recordado a alguna persona parecida a la que tuviera un especial
cariño.
Me permití
dejar de mirarla, porque estaba seguro de que no se iba a mover un milímetro, y
me fijé en una mujer que leía cómodamente en su libro electrónico, y me puse a
pensar en que haría en un mundo sin papel. Hasta que me sorprendió una chica
más o menos de mi edad, bastante guapa y bien vestida que dejó resbalar su
espalda por la pared en la que estaba apoyada para sentarse en el suelo con las
piernas pegadas a su pecho. Acto seguido, volví a dirigir la mirada
hacia mi chica de los ojos tristes y, para mi sorpresa, ya no estaba. ¿Cuándo se habría bajado? No lo sé,
quizá tan solo fuera el reflejo en el cristal.
"Sentir que has llegado al límite y pedirte un poco
más, porque los límites los marcas tú"
Frustración.
Impotencia. Nada puedes hacer cuando quieres realizar mil sueños y no te
permiten moverte. Si huir no es una opción, lo único que se puede pedir es que
te dejen en paz dentro de tu urna de cristal.
Necesitas tiempo
y espacio para poner en orden tus ideas, para encontrar la manera de salirte
con la tuya. Pero no es tan fácil. Hay demasiados obstáculos obstruyendo tu
camino. Tendrás que superarlos uno a uno, derribarlos uno a uno, hasta que solo
quedéis tú y la llanura.
La llanura de tu
libertad. Por la que podrás correr como un potro salvaje. Sin miedo a nada, sin
sentir dolor, sin caer en trampas. Tan solo siendo tú mismo. En total armonía
con el mundo y con la vida.
Tú serás el dueño
de tus decisiones y el responsable de tus actos. Deberás ser fuerte, valiente y
compasivo. Leal, sincero y amable. Nadie estará por encima de ti. Tus
sentencias serán máximas y forjarás tus principios con el sudor de tu frente.
Establecerás tus prioridades a partir de los hechos y buscarás el pragmatismo
en cada una de tus acciones.
Hasta que un día,
tarde ya para pararte los pies, perderás el rumbo y te volverás corrupto,
astuto y despiadado. Cobarde, ocioso y prepotente. Tu palabra será la ley que
marcará días de odio y terror y el mundo te despreciará, te dará la espalda y
te quedarás solo, por no haber sabido emplear tu tan ansiada libertad.
"Cuando las luces del cielo dieron paso a las de la ciudad"